Posts tagged ‘literatura’

Mi nombre es Malarrosa, de Hernán Rivera Letelier

Hernán Rivera Letelier, Mi nombre es Malarrosa, Santiago de Chile, Alfaguara, 2008, 254 páginas.

Hace algún tiempo sonó por estas latitudes el nombre de la que –después nos enteramos– fue la primera novela publicada por Hernán Rivera Letelier; se llamaba La reina Isabel cantaba rancheras, y se decía que era de lo mejor que la “nueva” prosa chilena. Años más tarde, y por esas cosas de las editoriales españolas, los suplementos culturales dieron cierto destaque a otra de sus novelas, El fantasista.

Aquí nos queremos referir a una posterior, que medio azarosamente cayó en nuestras manos y con la que amenizamos algún viaje en tren. Mi nombre es Malarrosa, de 2008, tiene todos los condimentos que, desde hace unas décadas, se espera que la narrativa latinoamericana tenga: una pequeña villa perdida a orillas del desierto de Atacama y a punto de desaparecer, allá, después de la primera gran guerra y antes de que la depresión se haga cargo de buena parte del planeta; hay simples mortales abandonados de la mano de dios, generales que han fundado pueblos, burdeles, policías impotentes, boxeadores de mala muerte, matanza de obreros, curas interesados, nenas adultas que cuidan a sus padres y que, mágicamente, han brotado furiosas y vivas en medio del salitre. Y muchas genealogías, mucho nombre y sobrenombre ingenioso, más un narrador en tercera que escribe mechando los modos de la oralidad para que parezca que sigue a los queribles y desdichados personajes bien de cerca, como un vecino aficionado al chisme y la leyenda popular.

Aunque a veces se lo dé por muerto y sepultado, el “realismo mágico” sigue vivito y coleando en mucho de lo que se lee actualmente. Y es evidente que no conserva nada de la frescura y fuerza de antaño.

septiembre 1, 2011 at 9:31 pm Deja un comentario

La mirada invisible, de Daniel Burman

Desde siempre el cine se ha alimentado de la literatura; por supuesto, y como no podía ser de otra forma, lo ha hecho “a su manera”, con la más amplia libertad de acción para el travestimiento. Pero la dinámica en su época dorada, que incluye tanto a Hollywood como a su versión argentina, se inclinó mayormente hacia los clásicos. La distancia y las décadas de usos y discursos críticos de valoración supusieron en tales casos una suerte de brújula para la transformación que mayormente se alimentó del criterio de la “literalidad” confirmatoria para el lucimiento de los grandes actores que dan vida a los personajes eternos. Con posterioridad el gusto y la necesidad comenzó a variar de dirección hacia las obras “del momento”, aquellas que gracias a las ventas, los premios y los comentarios de la prensa del día aseguran, al menos en teoría, el éxito rápido por sobre los telones de la trascendencia.

En 2007 Martín Kohan publicó Ciencias morales; en 2010 Daniel Burman dirigió su versión cinematográfica, que rebautizó La mirada invisible. El guión estuvo a cargo del propio Burman y de María Meira, y se destaca la actuación de Julia Zylberberg. La cinta es verdaderamente pobre y aburrida. Se limita a subrayar, con los trazos de la gruesa alegoría, la tensión que se pretende ocultar entre un adentro y un afuera epocales, a la vez historia y psicología; las aulas calladas y ordenadas frente a los petardos y gritos que de pronto llegan desde el “mundo” de afuera; los uniformes y el pelo recogido, las palabras y los gestos medidos versus esa suerte de ebullición interior que no podrá ser detenida y que va mostrando la cola en actitudes torcidas, levemente perversas que finalmente se derraman en explosión. Las imágenes documentales de cierre del discurso de Leopoldo Galtieri sobre la “recuperación” de las Malvinas, que empujan al grosero y explicativo “ahhh” o el “¿te acordás?” por parte de los espectadores, así como el diálogo al pasar que se atreve a ilustrarnos acerca de por qué la película se llama como se llama, por si las moscas, obligan casi al suicidio

El peligro es que el efecto último que la pieza en cuestión puede producir en la cabeza de quien mira es el de obligarlo a revisar el juicio positivo o al menos de agrado que se guardaba sobre la novela. Casi lleva a interrogar la propia memoria y preguntarse: “¿Pero en el libro también todo era tan limitado y esquemático…? ¿Otra vez me dejé engañar por los comentarios de la Ñ y afines?”… En fin.

Si fuéramos Kohan no hubiéramos dejado –para salvaguardar el honor, costara lo que costara y arma en mano– que convirtieran la novela en película.

agosto 21, 2011 at 1:14 pm Deja un comentario

“Contemplación”, “La metamorfosis” y “En la colonia penitenciaria” de Franz Kafka en nueva traducción

Franz Kafka, Contemplación. La metamorfosis. En la colonia penitenciaria, estudio preliminar y traducción de Ricardo Ibarlucía y Valeria Castelló-Joubert, Biblos, “Clásicos universales”, 2008, 160 páginas.

Una nueva traducción de textos clásicos de Franz Kafka según la versión original de sus obras completas establecidas por Max Brod y publicadas originalmente en 1952.

El volumen ofrece también una bibliografía actualizada sobre este gran escritor contemporáneo y universal.

Las dos decenas de páginas dedicadas al prólogo se dedican en primer lugar y de manera ajustada a ubicar los textos que se ofrecen en el volumen en el tiempo y el espacio del mundo y, en particular, del autor, es decir atentas al lugar que ocupan en el despliegue de su proyecto creador.

Precisamente, el aspecto que más se destaca en el prefacio, a través de menciones diversas a las cartas de Kafka, sus diarios y los comentarios críticos, es lo que se denomina la “concepción radical de la literatura” que alimentó el conjunto de la vida y los textos del escritor de El proceso.

Así en el inicio se cita una carta que Franz Kafka envió en 1904 a un amigo en la cual puede leerse: “Creo que en general deberíamos leer sólo libros que nos muerdan y nos pinchen. Si un libro no nos despierta de un golpe en la cabeza, ¿para qué leerlo? ¿Para que nos haga felices, como escribes tú? (…) Un libro debe ser el hacha para el mar helado dentro de nosotros”.

agosto 26, 2008 at 8:20 pm 2 comentarios

Juan L. Ortiz en El Lagrimal Trifurca, cuatro décadas atrás

Hace cuatro décadas, cuando la fama (en todo el sentido de la palabra) de sus poemas no sumaba mucho y era excesivamente local, la revista rosarina El Lagrimal Trifurca dedicó en su significativo número dos –julio/septiembre de 1968– la tapa y un dossier a la obra de Juan L. Ortiz. Son quince páginas de catorce por veinte centímetros, ubicadas estratégica y clásicamente en el centro de la publicación, que recogen, además de algunas fotos por entonces desconocidas por un público mínimamente amplio (son, además de la de la tapa, que les quedamos debiendo, las dos que aquí se reproducen) , unos datos biográficos y una bibliografía redactados por Alfredo Veiravé, una selección que agrupa una docena de poesías provenientes de sus diferentes libros más una breve página de introducción escrita por Rafael Oscar Ielpi.

En esa impar página 24, bajo el título “Juan L. Ortiz o la conciencia permanente”, Ielpi escribió para la revista que dirigían Elvio y Francisco Gandolfo y costaba 100 pesos de los de antes:

Fuera de los aparatos de la promoción literaria y el oportunismo, más allá de las modas y los encumbramientos fabricados, recluido en la ciudad de Paraná tal vez definitivamente, Juan L. ejerce desde hace mucho tiempo un magisterio tutelar (y de ningún modo buscado por él) sobre la poesía argentina de varias décadas hasta el presente. Las promociones jóvenes del interior (e incluso las de Buenos Aires) encontraron siempre en su permanente fidelidad a sí mismo, en la despojada actitud reverencial con que enfrenta la creación poética, un único ejemplo de dedicación y talento creador que difícilmente muestre la poesía argentina del siglo.

La liviandad, por depurada síntesis y exhaustivo trabajo con la palabra, la permanente elegía vital que cruzan su poesía no oscurecen, empero, la inflexible conciencia de ser un testigo apasionado, comprometido, de su tiempo. Y Juan L. asume también (la asumió desde un comienzo) su condición de hombre de este país, de este siglo, capaz de utilizar válidamente la poesía como vehículo de convicción, como arma perfecta de denuncia, si perder la esencia poética primordial.

Y las dos actitudes fundamentales se fusionan en su poesía de modo total, por un lado la constante y reverenciosa asimilación vital, a través de los elementos naturales, el paisaje, el río, trabajados con una penetración y sensibilidad únicas, capaz de adentrarse sin afectación ni desmesura en la minucia de los árboles o del agua del Paraná. Por el otro, el celoso deslinde de su tiempo, la certeza de estarlo viviendo para contribuir a su modificación o se derrumbe.

Todo ello, dentro del aura casi mágica en que consigue estructurar su obra, de la gracia (en el estricto sentido pavesiano) en la que vive y por la que puede continuar como el otro poema sin poemas, Bachelard, manteniendo viva después de tanto tiempo, una llama que no cesa e ilumina y en la que, consumiéndose, puede perdurar sin desvíos, como símbolo único de una poesía al margen de la mala conciencia oficial, vigente pese al escamoteo de antologistas y personeros literarios.

El texto de Ielpi, incluso por su corta extensión, es verdaderamente fabuloso en tanto y en cuanto se muestra como una verdadera síntesis de época. Un documento histórico. En él se puede percibir cómo resuenan todas las voces que eran esperables escuchar cercando y disputando en la literatura de la época, es decir, definiéndola.

Es un texto marginal, escrito desde la excentricidad del Interior y desde una “minoridad” que sale a disputar y enfrentar la norma vieja y el ninguneo de quienes –desde su posición de centro- deciden planes de estudio y antologías. Busca redefinir, entonces, jerarquías y patrones de la evaluación.

Es un texto casi adorniano, en la exaltación de Ortiz como artesano, como el poeta que voluntariamente se hunde y pierde en los requerimientos de la forma. Está penado a partir de una noción por entonces novedosa (al menos en lo que a la Argentina se refiere) y discutible de la autonomía estética.

Es un texto que escucha la voz de una cierta demanda nacionalista, acusa recibo y le responde con el modo en que el paisaje argentino se trama y recrea en la poesía de Ortiz.

Es un texto cosmopolita que sale, una vez más, a buscar las referencias europeas del momento para fortalecer la argumentación.

Es un texto de confrontación polémica escrita también desde la perspectiva generacional: el maestro es figura tutelar no porque lo quiera sino porque los jóvenes (se aclara: también los porteños, es decir que la determinación de la edad obliga a postergar otras diferencias) van a buscarlo. Se trata de una marca típícamente “vanguardista”

Es un texto donde Ielpi casi califica, con los reparos del caso, a Ortiz como un poeta “comprometido”, adjetivo con el cual lo devuelve al territorio de la política y la ideología. Y de paso e anticipa a los sarcasmos que podrían levantar las posiciones “antiformalistas”.

Es un texto donde la mención de Bachelard sirve para seguir marcando, desde una perpectiva tradicional, la particularidad del texto poético, pero lo hace a través de un autor que posibilita reinscribir la tradicional propensión de trascendencia asignada a la poesía con un ropaje moderno y psicologista, menos conservador.

Todas esas perspectivas están en el comienzo de la pelea por colocar a Juan L. Ortiz en el lugar y la valoración que finalmente alcanzaría muchos años más tarde, hoy. La página que Ielpi escribió sintetiza, a través de lo expuestio y lo presupuesto, la pelea de una manera brillante.

Cerramos este comentario copiándoles el primer poema que seguía a las definiciones de Ielpi. El texto originalmente formaba parte de El alba sube, de 1936, el segundo libro de Juan L. Ortiz que fuera publicado por la editorial bonaerense Rumbos. Poco tiene que ver con el Ortiz más célebre y celebrado, es casi un primer ensayo, un borrador.

Sí, yo sé…

Sí, yo sé que un hilo de flauta

es despreciable para vosotros.

Que las canciones de marchas son a vosotros debidas,

ahora que es necesario ir, bajo ráfagas de fuego, acaso,

a ayudar a nacer el mundo nuestro y vuestro.

Pero es tan sereno y delicado este crepúsculo

de fines de agosto

que pienso en una frente ilusionada de adolescente

esparciendo una frágil fiebre de sueños secretos y fragantes.

La frente de los adolescentes, ¡qué adorable! ¡qué adorable!

La misma palidez ilusionada de este cielo.

Y estos tímidos brotes, ¿son sueños aflorados?

Hay un tierno azoramiento en sueños evaporados,

tenue,

que da valor ya floral a las casitas blancas,

una suavidad de rosas a la arena de la calle…

junio 21, 2008 at 11:20 am Deja un comentario

Carlos Latorre, surrealismo y masvida

Carlos Latorre nació y murió en Buenos Aires, en 1916 y 1980. Fue un activo partícipe de las diversas aventuras editoriales del surrealismo criollo; así formó parte de las revistas A Partir de Cero (1952), Letra y Línea (1953) y Boa (1958), también colaborò en La Rueda y Talismán, entre otras; además de asociarse a figuras como Aldo Pellegrini, Enrique Molina, Francisco Madariaga y Juan Antonio Vasco. Escribió además obras de teatro, guiones cinematográficos y piezas radiofónicas, con las que obtuvo diversos premios nacionales e internacionales.

Entre sus libros se encuentran Puerta de arena (Botella al mar, 1950), La ley de gravedad (Botella al mar, 1952), El lugar común (Letra y línea, 1954), Los alcances de la realidad (Letra y línea, 1955), La línea de flotación (A partir de cero, 1959), Las cuatro paredes (Ancora, 1964), La vida a muerte (Rayuela, 1971), Las ideas fijas (Dintel, 1972), Campos de operaciones (Rodolfo Alonso, 1973), Los puntos de contacto (Rodolfo Alonso, 1974), Los temas del azar (Rodolfo Alonso, 1975), Cabeza o triste páramo (Botella al mar, 1979). Se trató en todos los casos de libros de tiradas de entre 300 y 500 ejemplares, que fueron costeadas por el propio autor. Más de una década después de su muerte la revista Último Reino publicó una separata con una selección de poemas de Latorre, y más tarde otra revista, La Danza del Ratón (número 8, Buenos Aires, 1993) dio a conocer poemas y aforismos extraídos del libro inédito Adaptarse o vivir.

Estrenó la pieza de teatro Funeral y discurso, y otra obra suya, El gasómetro, fue premiada en un concurso realizado por el teatro General San Martín. La protección de la especie fue seleccionada para la Muestra del Teatro Argentino que fue emitida por radio Spléndid. Como guionista cinematográfico escribió La buena vida, Así o de otra manera y Prisioneros de una noche.

Hace unos años Ediciones en Danza llevó a las librerìas Los móviles secretos, una antología realizada por el director de la colección, Javier Cófreces, y la viuda del poeta, Mary Latorre. La selección tiene como nombre el título del poema homónimo de Latorre aparecido en el poemario Puntos de contacto; la ilustración de tapa es el mismo collage de Enrique Molina que se utilizó para presentar Campo de operaciones. El libro está constituido por 47 poemas elegidos de sus 12 libros, más otras 11 poesías inéditas. Abre la obra una muy breve presentación que firma Cófreces, y que concluye con una cita de Juan Antonio Vasco, tomada del prólogo a Cabeza o triste páramo.

Dado que prácticamente no hay obra crítica sobre los poemas de Latorre, la reproducimos: “Trenza de fraternidad, desborde vital y poesía. Resplandecen los dones de la existencia, la apasionada entrega al azar y el mecanismo de la contradicción. En esa rotación inversa y directa sobre el eje de la razón radica tal vez el rasgo más profundo de Carlos Latorre como creador. Es verdad que se conecta así con el surrealismo en cuanto dinamita las estructuras reflexivas. Pero tal vez toda expresión poética pertenezca en su trama profunda a la misma iconoclasia del pensamiento discursivo. La aspiración a un hombre mejor, que no traicione la más bella idea que del se hacen los seres generosos, es un intento cuyo logro no resulta fácil apreciar. Pero hasta que llega esta perspectiva de lo posible su obra se sostiene con las cuantiosas preseas del amor, la poesía y la libertad”.

Como se ve, la cita de Vasco, amigo y “compañero de ruta” estético de Latorre, liga muy directamente los poemas de éste al vocabulario básico del surrealismo: “azar”, “iconoclasia”, “rotación inversa y directa del eje de la razón” son algunas de las maneras con que lo expresa. Y por cierto es así. Latorre fue un creador de tradición surrealista hasta en la ingenuidad; trasunta candidez, por ejemplo, la lectura del poema-manifiesto que abre La vida a muerte –un libro de 1971, la fecha es significativa, “Cien años después”, publicado en la serie “Maldoror” de una editorial que se llamaba Rayuela (¿habrá que recordar la fascinación que Isadore Ducasse y su descendencia vanguardista despertaba en Julio Cortázar?), está dedicado al Conde de Lautréamont y ronda la figura del uruguayo-francés: “¡Oh Lautréamont!/capitán de BARCO EBRIO,/siempre supiste que siempre tiene/”EL CORAZÓN HUMANO SU GARGANTA HAMBRIENTA”,/araña o cerdo que todo lo devora,/todo menos ese tu rugido de aleluya por encima/de la/NADA…”.

Algo similar puede anotarse con respecto al comienzo de Campo de operaciones (1973), “Oliverio y la masvida” (de donde se ha tomado parte del título de este artículo): “Herencia feroz herencia retorno/testimonio que quemará las manos de quien lo recoja,/allí Girondo,/zarza ardiendo,/allí gira gira Girondo gira orondo en redondo/en torno a quienes o aman aunque no sepan cómo/decirlo…”. Una pequeña poética que, a la vez, busca fijar una tradición nutricia que se continúa más acá, en estas tierras y en la figura del compañero de andanzas, “Palabras al amigo”, dedicado a Aldo Pellegrini, figura casi excluyente del surrealismo argentino: “Porque,/¿qué verdad,/qué revelación,/qué luz de este país no alimentó la llama de tu pasión/y tu peligrosa sabiduría?/Las armas de tu inteligencia y tu imaginación/movieron montañas de falsos conocimientos/y la implacable ira de tu poesía perpetró los más hermosos/crímenes de los que se tenga noticia/en perjuicio de los enemigos del/Amor/la Libertad/y la Poesía”.

Ahora bien, la pregunta que podría abrirse es si ese adjetivo, “surrealista”, lo dice todo, como habitualmente se lo suele utilizar en las historias de la literatura para hablar de Olga Orozco, o Enrique Molina, o Alejandra Pizarnik o tantos otros. Porque la calificación, que obliga a dirigir la atención sobre ciertas características y procedimientos, opaca la existencia de muchos otros, que se mezclan con los anteriores, los tensan, los contradicen, los tiñen y trasvisten, incluso en contra de los señalamientos y subrayados del propio poeta. Ésta es la principal indicación que resulta necesario al revisar la poesía de Latorre, algo que desgraciadamente -seguimos haciendo referencia a esta obra dado que es de lo poco que sobre Latorre se puede hoy conseguir- la antología de Ediciones en Danza se priva de hacer, sobre todo porque no incluye en su compilación un mínimo estudio introductorio que, amén de los apuntes biográficos básicos, indique algunas líneas que posibiliten un armado tentativo de ese rompecabezas que la obra de todo artista ofrece.


En la contratapa del libro La vida a muerte (Buenos Aires, Rayuela, 1971) Enrique Molina escribió sobre Latorre:

“No podría decirse que en esta recopilación de sus últimos poemas Carlos Latorre haya cambiado de registro. Su poesía continúa un proceso que, dentro de la imprevisible dirección de sus mecanismos espontáneos, posee una permanente coherencia de expresión y de sentido. En ella parecen negarse y afirmarse mutuamente dos actitudes contrarias del espíritu. Por un lado lo irracional, lo automático, el abandono a la solicitación más inmediata, la mano que surge de la sombra y arroja la tea ardiendo sobre los materiales del incendio; por el otro, a veces el concepto descarnado, la sentencia, el bisel mental preciso, la más directa exposición de un pensamiento conceptual. Esta poesía, de inspiración surrealista en sus primeras manifestaciones, ha ido adquiriendo poco a poco un carácter propio, en el cual diversas modalidades de la poesía moderna se funden en una personalidad que deja de ubicarse dentro de las fronteras de una escuela para asumir su total e independiente calidad poética”.

La breve antología que pretende acercar a los lectores que no los conozcan poemas de Carlos Latorre, han sido seleccionados también en la pretensión de demostrar hasta qué punto encarcelar a Latorre bajo el rótulo simple y definitivo de “surrealista” es, por lo menos, muy parcial y simplificador. Se tomaron cuatro poesías de libros que, si se tiene un poco de suerte, todavía se pueden encontrar husmeando entre las ofertas y las librerías de viejo, y dos de los inéditos de la antología de Ediciones en Danza mencionada.


La ascensión de la carne


La densa,

la triste,

a si se quiere bella carne

es de la que se abre paso,

indefinidamente,

otra

y otra distinta carne del mismo esplendor

corrupto

y tierno,

jamás un tiempo,

-mito supuestamente eterno-,

un espacio-tiempo sin la voluntad que ella

misma debe generar como existencia

o gratuidad.

La carne que por ser carne

y no cosa anónima,

(no sé cuál ni importa demasiado imaginarlo),

me somete a su extrañeza

o casi siempre azar.

Carne

o mala suerte,

no sea dicho como oprobio

o fatalidad,

que como tal me humillaría con tan solo

mencionarlo

en tanto algo

o alguien,

aún imprescriptible en su origen

y su desenlace consecuente,

logre demostrar hasta dónde es posible ofrecer

el pecho,

en blanco,

el amor,

la insurrección,

y hasta dónde

esa misma carne y su condición hermética

consumarán la tentación

y su naturaleza insobornable,

unión siempre emocionante como el estremecimiento

de insana que propaga otro cuerpo

codiciado,

otro día,

precario asilo cielo

o pensamiento;

otra trampa sexual

digamos de tan temible apego

y pasión en todo su esplendor.

La carne,

la carne que asila un no sé qué

o ánima

o soplo divino,

así llamado.

Eso que siendo carne de hecho

busca encarnarse tristemente

y ser su propia vergüenza,

su juez

su eunuco,

su Isla de los Treinta Sepulcros.

Quizá ella fuera fauna

y flora

y forma para siempre;

fuera floresta

o flor,

simplemente;

fuera perla que no roe el diente abstracto con

su ignominia

si algo

o alguno que fuera yo

o su equivalente,

dijera:

¡a los perros su materia ideal,

ésta es mi carne y su orgullo!

Sólo esto


De toda esta alma en cueros,

desnuda,

no para mostrar lo presumiblemente eterno

sino más bien el sexo,

mi sexo,

su sexo,

el sexo en la piel,

-¡y por qué no!-,

en la entraña, deslumbrante cielo;

y sobre todo,

repito,

el sexo,

el sexo adherido al

SEXO,

obsesivamente

como a las tablas de un naufragio

que es como decir a mi orgullo,

que lo tengo,

que es como decir

el mundo entre las manos

y en parte,

la arena entre los dedos.

De toda esta alma,

decía,

único sésamo,

única cosa que sólo quiere ser cosa propia

como es nuestro un tumor cerebral, por

ejemplo;

como un naufragio al que ya en alguna otra

parte he aludido,

-aclaro para insistir y explicar mejor-,

como un naufragio cuando los niños y Ellas

ha abandonado las cubiertas y se distancian

en los botes de la separación

quizá para vivir toda una vida sin el pasajero

retenido por la muerte

que ronda su obra muerta;

de toda esta alma,

como venía diciendo

y para terminar,

queda la palabra MUJER

como

ESPERANZA

y Nada Más.

(de La vida a muerte, Buenos Aires, Rayuela, 1971.)



Tren de vida


Todo lo que ya agotó mi pasión,

ahora lo explora mi inteligencia.

¿El resultado?

Hasta aquí una artera respuesta tan distante de la

magnitud delo gustado

como puede estarlo la razón de la esencia de lo secreto

y sus dientes ferozmente apretados.

Una montaña no es su ladera visible,

la que si bien es cierto,

denuncia su forma,

no da cuenta del material soterrado

o corazón,

corazón de hombre,

antológicamente considerado.

Lo mismo sucede con el río que,

agua por fin,

es también vena de sangre a su modo;

o con un océano de lágrimas

o con una cuchilla de carnicero

o de tierra,

de tan erizada, erguida punta de hierro.

Inútil poner a cualquiera de espaldas

o volverles la cara;

lo que guarda la entraña, nada ni nadie lo separa,

y lo que la entraña rechaza es lo que deriva entre la mera idea

y la sola palabra.

Debe ser como decía:

consigna o fatalidad,

todo lo que ya agotó mi pasión

-viva todavía-,

ahora lo explora mi inteligencia.

¿Morir?

Morir es vivir otra experiencia.

La crónica del suceso


Artimaña del conocimiento,

sombra del raciocinio que diluye el rojo siempre peligroso de

la sangre,

canjeando blanco

por negro,

enturbiando los colores primarios

y el nítido contorno tanto del objeto

como de la persona

y la positiva relación entreambas.

Hay algo más entrañable,

todavía más ineluctable, si se quiere,

y es la pregunta y la respuesta,

el Yo y su fluir

y todo aquello que por estar fuera de él

pareciera a simple vista ajeno a él,

ya sea materia

o abstracto pensamiento;

vano intento de hacer luz sobre la zona

o vertiente del misterio.

Pensar es un hueso más en el esqueleto original,

un hueso duro de roer,

pero sólo un órgano más cumpliendo su función;

de ninguna manera el sistema o aparato

o clave que revela y pone en movimiento

el cálculo y el azar,

lo deducido o fabulado mediante la práctica del silogismo

y su teorema provisional.

Todo sucede,

nada se explica.

(de Campo de operaciones, Buenos Aires, Rodolfo Alonso, 1973.)



Americanamente hablando


América,

la del Sur,

la que yace aún crucificada bajo la Cruz del Sur,

la estaqueada en cruz cara a la tierra,

en propia tierra.

América, la del Centro

que sólo es centro del blanco invasor,

la que bañada de agua

se ve en sangre derramada,

en viento de tragedia huracanada,

en laa de volcán de furia

y asco vomitada.

América,

pero la Azteca,

pero la Inca,

pero la Maya,

la indígena,

la ibérica,

la nuestra;

esa América constantemente devorada por los siglos

y las siglas que exigiéndolo todo,

no dan nada.

devorada,

devorada por la

CIA

FMI

ITT

OEA

US

URSS

y todavía por ESSO

a Eso

y Aquello

y lo Otro,

y por si fuera poco,

por el hambre

por la fiebre

y la alimaña;

y por Monroe

y por Marshall

y por Nixon

y otras FIERAS.

América,

la del Dictador,

la del Tirano,

la del perro del hortelano

que roba mucho y come poco porque siendo mero alcahuete,

pasa por ser el amo.

Concluyendo:

América, la latina,

la que reclama lo suyo,

tanto el huevo como la gallina;

la que con la conciencia por fin en la palma de la mano,

no quiere seguir obedeciendo

“LA VOZ DEL AMO”.



Estado de alerta


Entre tantos que han decidido reclamar lo suyo,

ridiculizar la voz de mando,

levantar la invisible barricada,

morir de muerte natural

y no de asco

o de bala militar y lanzallama

o de carcoma industrial

o de sucia baba comercial;

vivir no de principio

sino de fin de autoridad,

aquí,

en medio de tanta joya en la basura:

vidas preciosas que buscan y ofrecen cuerpos para adorar

y no ataúdes con o sin cureñas

y responsos papales

e himnos nacionales

o sociedad de consumo que sólo consume esperanzas,

confianza,

imaginación;

carne de metralla para que progrese el progreso

y sus ganas de matar.

Ahora,

entre muchos,

en solidaridad solamente con los jóvenes

que solamente esgrimen guitarras para atacar

porque saben que lo que se pudre se distingue por no poder

bailar,

ni cambiar,

ni cantar,

ni amar,

de jóvenes que no aprenderán la lección

de subordinación

negándose a hacer hambre,

pro hombres,

marketing,

privilegio,

mass media

y fondo económico local

y, particularmente, internacional:

fondo de pozo de vergüenza universal,

de Casa Blanca,

de Kremlin,

-del mismo Dios o perro con distinto collar-;

ahora,

cuando es cierto

cierto

que ni ley ni caos pueden salvar

en tanto la oferta no supere la demanda de libertad,

en tanto la oferta siga siendo artículo suntuario en

Aduanas

Que grava el pan

O confiscan el cuerpo y el alma,

Siniestro diezmo que no tolera contrabando de ninguna

moneda

de dignidad.

Ahora,

cuando llega la hora de arreglar cuentas,

cuentas bancarias,

falsos valores,

valores al cobro

y Palabras,

palabras que hacen frases,

las Grandes Palabras que hacen oraciones,

que hacer discursos oficiales,

programas de Educación,

Guerras Santas y de las otras,

que hacen nudos en la garganta que no aprendió a vomitar

todavía,

que hacen hinchar el pecho

y el vientre también,

todo,

todo excremento a veces de mala

a veces de buena

o inocente digestión.

Ahora,

afortunadamente ahora,

cuando la represión estrella su cabeza contra el muro

de la juventud,

cuando ya es mucha la gente de otra generación que cava

su propia fosa,

funeral que sepulta en ella y con ella sus vasos sagrados,

sus vacas sagradas

su status,

su oficio,

su comunismo con doble puerta

o fondo

o presunta salida a la historia y su abstracta eternidad.

Y sus bienes,

sobre todo sus bienes-bienestar,

tesoro siempre enterrado sin mapa oculto para un futuro

rescate providencial.

Sí,

ahora,

cuando el esquema,

cuando el teorema,

cuando la libre empresa,

cuando la síntesis,

cuando la antítesis,

cuando la INTERPOL,

la Tcheka,

Scotland Yard,

la Gestapo,

la Suerte,

cuando el crimen

cuando el crimen militar

cuando el crimen policial

cuando el crimen demencial

cuando el crimen general,

intenta todavía alzar el brazo armado de Principios

que son estertores finales,

ahora,

particularmente ahora,

hagamos tiempo

y espacio

y luz,

hagamos amor

y libertad

y poesía, hagamos todo, hagamos vida vida vida

y nada más,

por ahora.

Por ahora, nada más.

(de “Poemas inéditos”, en Los móviles secretos, Buenos Aires, Ediciones en Danza, 2002.)

junio 21, 2008 at 11:19 am Deja un comentario

El quehacer poético según Derek Walcott

En la publicación Guaraguao (Revista de Cultura Latinoamericana, año III, número 8, Barcelona, primavera de 1999, pp. 9-25) el poeta Derek Walcott dio a conocer un ensayo que lleva por título “Las Antillas: fragmentos de la memoria épica”. Allí escribió en un párrafo con una obligada flexión localista palabras de tinte universal:

Rompan un jarrón, y el amor que reúna los fragmentos será más fuerte que el amor que había presumido su simetría cuando el jarrón estaba entero. El pegamento que une las piezas consagra su forma original. Es un amor que éste el que reúne nuestros fragmentos africanos y asiáticos, las agrietadas reliquias cuya restauración exhibe cicatrices blancas. Este conjunto de piezas rotas es la preocupación y el dolor de las Antillas, e incluso si las piezas son dispares y están mal encajadas, contienen más dolor que su forma original, esos íconos y vasijas consagrados en sus lugares ancestrales. El arte antillano es la restauración de nuestras quebrantadas historias, de nuestros retazos de vocabularios, de nuestro archipiélago convertido en sinónimo de las piezas rotas del continente original.
Y éste el proceso del quehacer poético, o lo que tendría que ser llamado no quehacer sino rehacer: la memoria fragmentada, la armazón que contiene al dios, incluso el rito que lo entrga a la pira final, como los artesanos de Felicity erigían el aliento sagrado del dios, caña a caña, junco a junco, hilo a hilo.

junio 18, 2008 at 9:26 pm Deja un comentario

Rubem Fonseca, Diario de un libertino

Rubem Fonseca, Diario de un libertino, Buenos Aires, Norma, 2008, 190 páginas.

Hay algo por demás atractivo en los relatos de Fonseca que, para sintetizar, se puede decir que se alimenta de esa raigambre que en la Argentina bautizamos “arltiana”: es decir, narradores y personajes empujados a la aventura de la existencia por un cierto rencor, brumoso y profundo, contra el mundo. Por eso quizás el escritor brasileño se ha empeñado desde siempre en perseguir una literatura áspera, de ésas que intentan de continuo escapar a una ortodoxia crítica que pondera en primer lugar la compacidad y el “trabajo” de escritura.

Hay, en él, algo que se derrama, que busca incontrolablemente derramarse y dejar charcos sobre la mesa; y que por el sendero de una cierta inmoralidad de lo que se cuenta y representa termina empardándose -aunque grite que no- con una buena parte de la literatura del siglo veinte más interesante.

A veces le sale mejor, otras no tanto. Así fue hacia arriba con la política Agosto y los cuentos de la violencia compilados en Los prisioneros, y un poco menos con el policial Pasado negro, en fin.

El Diario de un libertino que aquí se comenta es más bien flojo y esperable, como si de golpe la provocación estética tantas veces alzada por Fonseca como grito de guerra e intento de sacudir a los (sus) lectores se hubiera puesto disfónico y perdido credibilidad, dejando como borra el deambular ya bien conocido por un conjunto de tópicos bastante comunes que giran alrededor de la figura de un escritor y sus historias de amor salvaje, uso del otro y celos de animal; los cuales, si bien de tanto en tanto se dejan despabilar por algunos arrebatos retóricos bien interesantes, de conjunto parecen conformarse con amasar un entretenimiento más o menos decente. No mucho más.

Es de esperar que la obtención del Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, que se le entregó en Guadalajara en el 2003, así como los halagos de la prensa y muchos de sus pares latinoamericanos, no hayan inyectado en Rubem Fonseca (1925) esa inyección de bronce de la que no se vuelve.

mayo 23, 2008 at 11:44 am 1 comentario

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