Rubem Fonseca, Diario de un libertino

mayo 23, 2008 at 11:44 am 1 comentario

Rubem Fonseca, Diario de un libertino, Buenos Aires, Norma, 2008, 190 páginas.

Hay algo por demás atractivo en los relatos de Fonseca que, para sintetizar, se puede decir que se alimenta de esa raigambre que en la Argentina bautizamos “arltiana”: es decir, narradores y personajes empujados a la aventura de la existencia por un cierto rencor, brumoso y profundo, contra el mundo. Por eso quizás el escritor brasileño se ha empeñado desde siempre en perseguir una literatura áspera, de ésas que intentan de continuo escapar a una ortodoxia crítica que pondera en primer lugar la compacidad y el “trabajo” de escritura.

Hay, en él, algo que se derrama, que busca incontrolablemente derramarse y dejar charcos sobre la mesa; y que por el sendero de una cierta inmoralidad de lo que se cuenta y representa termina empardándose -aunque grite que no- con una buena parte de la literatura del siglo veinte más interesante.

A veces le sale mejor, otras no tanto. Así fue hacia arriba con la política Agosto y los cuentos de la violencia compilados en Los prisioneros, y un poco menos con el policial Pasado negro, en fin.

El Diario de un libertino que aquí se comenta es más bien flojo y esperable, como si de golpe la provocación estética tantas veces alzada por Fonseca como grito de guerra e intento de sacudir a los (sus) lectores se hubiera puesto disfónico y perdido credibilidad, dejando como borra el deambular ya bien conocido por un conjunto de tópicos bastante comunes que giran alrededor de la figura de un escritor y sus historias de amor salvaje, uso del otro y celos de animal; los cuales, si bien de tanto en tanto se dejan despabilar por algunos arrebatos retóricos bien interesantes, de conjunto parecen conformarse con amasar un entretenimiento más o menos decente. No mucho más.

Es de esperar que la obtención del Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, que se le entregó en Guadalajara en el 2003, así como los halagos de la prensa y muchos de sus pares latinoamericanos, no hayan inyectado en Rubem Fonseca (1925) esa inyección de bronce de la que no se vuelve.

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Alicia en el país de las mentiras Menéndez sí, pero guarda con sacudir de más (no sea cosa que las máscaras se caigan)

1 comentario Add your own

  • 1. ericz  |  mayo 25, 2008 en 5:19 pm

    Totalmente de acuerdo. slds.

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