La rueda de los argumentos

junio 18, 2008 at 9:15 pm Deja un comentario

Antes de que culminara el siglo veinte, en octubre del año 2000 más precisamente, el prolífico autor estadounidense Stephen King publicó un volumen de ensayos que lleva por título On Writing. El tomo compila una serie de lecciones bien directas y un conjunto de soluciones prácticas que buscan estimular, empujar y dar mano y consejo a todo aquel que quiera aventurarse en el universo de la creación de ficciones narrativas.

En un cierto momento de su exposición King menciona como el antecedente más notable que se le ocurre concebir en materia de encontrar soluciones para las lagunas y los quedos argumentales a Edgar Wallace (1875-1932).

Wallace -“un novelista de best sellers de los años veinte”, de acuerdo a la definición del autor de Carrie– concibió un dispositivo que la historia más tarde bautizaría (y su británico autor patentaría) como La Rueda de Argumentos de Wallace, que consistía en una ruleta grande, que ya podía ubicarse sobre una mesa para que girara de manera horizontal o contra la pared al modo de los sorteos de las kermesses, la cual llevaba pegadas como opciones no números sino motivos literarios bien codificados. Es decir aquellos del tipo: “muere un ser querido”, “hereda una gran fortuna”, “enfrenta una traición”, “realiza un viaje repentino”, “alguien le declara su amor”, etc.

En fin, la idea de Wallace era que cuando la musa se mostraba esquiva, el escritor en cuestión echaba a girar la rueda y la alternativa suministraba por el azar venía a cumplir la función de inyectar entusiasmo a la aventura y también a la alicaída imaginación del creador.

Quizás a muchos les suene raro, pero no deja de causar la admiración la idea de Wallace, en primer lugar como forma de “democratización” del arte (lo que el proporcionaba era un recurso para que cualquier, con cierto mínimo entrenamiento de escritura, fuera capaz de escribir su propia historia); y en segundo como ejemplo de hasta qué punto el pragmatismo menos original de la tradición anglosajona sirve como buen antídoto -más allá en muchos casos, claro, de sus declaradas intenciones- contra la fetichización trascendentalista del quehacer estético.

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