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Amon Düül II, Phallus Dei

Con las voces allá en el fondo que se elevan como si cantaran un himno de carraspera adolescente que odia y ama a la vez la cotidiana existencia y de repente caprichosas se detienen para jugar con algún retruécano tartamudo que hace desaparecer la música un segundo antes de insistir con el grito y la rima sencilla e hipnótica, como de vendedor callejero, antes de que la mujer intente saltar desde el mercado para darle al eco una resonancia religiosa, un murmullo de pretendida y humorística trascendencia. Con guitarras bastante caprichosas que no se sabe muy bien para dónde van pero que insisten, rasgueadas a los golpes nunca se detienen, y como para no aburrir marcan el paso cada tanto con algunos efectos sonoros, ecos, saturaciones, vaivenes rudimentarios de bajo costo y alcance técnico pero capaces de armar eso que un poco más tarde pasará a llamarse en la jerga de los “periodistas especializados” sonido espacial (como ocurre sobre todo al comienzo de los veinte minutos del tema que da nombre al álbum). Algún órgano cada tanto y el músico que le pega a las teclas más siguiendo el contrapunto con la percusión antes que disponiendo alguna coloratura o sostén melódico, el bajo bien marcado, redundante, y un violín que se mezcla con la guitarra aunque se da su tiempo para mentar también alguna frase atonal de esas que en la actualidad siguen siendo tan desconcertantes y resistentes a la oreja. Y lo mucho aprendido del jazz y del folklore europeo de diversa procedencia y la “improvisación dadísta” según alguno de los integrantes de la banda alguna vez la bautizó. Un desfile catártico lleno de rudeza y maravillosa imperfección.

Para contrastar los diferentes énfasis y acentos basta escuchar los excesos apretados en los ocho minutos de “Luzifers Ghilom” y confrontarlos con el breve y compacto “Henriette Krötenswanz” de redoblante de marcha militar y entusiasmo de pueblo; todo el guiso, claro, se revuelve mezclado y sintetiza en el infinito “Phallus Dei”.


En fin, hace casi cuatro décadas, en 1969, mientras los sucesos de Mayo todavía sacudían a los estudiantes y jóvenes de París y de toda Europa, John Weinzierl, Chris Barrer y Renate Knaup, los músicos alemanes que se cansaron de la comuna y armaron de Amon Düül II publicaron su disco debut y obra maestra, el irreverente Phallus Dei (aunque algunos de las piezas que lo siguieron, como el doble Yeti y Vive la Trance! no están lejos de sus brillos) , uno de los puntales más insignes del hoy por hoy reverenciado kraut rock. Nos dicen que se consigue acá.

Add comment Mayo 11, 2008

Merzbow, Lowest Music

Masami Akita nació en 1956 en Tokio. Como todo adolescente que se precie de tal mientras cursaba los estudios de escuela media comenzó a frecuentar bandas de rock, con las que realizó los covers de los clásicos del género, etcétera; y así fue rodando por la vida hasta que, ya en edad de merecer, se topó con los estudios de arte, las vanguardias, el free jazz y su apuesta estética cambió radicalmente de orientación y fue encontrando -para bien o para ma- un estilo particular y definitivo.

Así fue como decidió tomar el seudónimo artístico de Merzbow para firmar una obra musical extraña e impactante. El nombre utilizado para rebautizarse está inspirado en una obra del célebre artista de vanguardia alemán Kart Schwitters llamada “Merzbau”, y conocida también como “La catedral de la miseria erótica”. (Este “collage patafísico” puede apreciarse arriba.) La afinidad viene por el lado de que Akita-Merzbow siempre se sintió atraído por el “arte basura”, que en los plásticos experimentales desde comienzos del siglo veinte por los menos se viene implementando a través de diversas técnicas del collage; pues bien, al japonés no le resultó demasiado difícil traducir el recurso técnico al terreno de lo musical. El otro aspecto con que se toca con Schwitters es en torno a la apelación erótica, que en Merzbow se va a encontrar infectada por los ritos y los mitos del fetichismo y las formas sadomasoquistas.

Desde fines de los setenta al artista-banda Merzbow (dado que cada tanto Akira supo sumar a sus aventuras a algunos compañeros de ruta ocasionales) distribuyó una serie infinita de cassettes, algunos de ellos con la única “presentación” de algunos collages de fotocopias como envoltorio. De a poco empezó a presentarse en Tokio y conseguirse un pequeño grupo de seguidores que desde entonces considera a Merzbow uno de los fundadores del sonido noise, pero noise del peor, el primero, el más directo y provocativo, el mejor…

En los ochenta el reconocimiento le valió para que algunos sellos independientes de diversos puntos del planeta comenzaran a disputarse sus inclasificables obras. En 1993 la firma Extreme puso a la venta una caja que contenía 50 discos recopilatorios con las andanzas de Merzbow y que se considera hoy una pieza de coleccionistas dementes.

Avanzados los noventa sucedió lo que debía suceder: aterrizó en Nueva York, grabó para el sello de John Zorn y armó junto con Mike Patton una breve incursión sonora bajo el nombre de Maldoror, acontecimientos que engordaron su fama y reconocimiento crítico de (pequeño) público.

El año pasado dio a conocer dos álbumes: Merzbear y Synth Destruction.

Una leyenda del caos de la vanguardia musical, raro, agresivo, de esos que saben generar un ambiente sonoro demasiado alterado como para que los animales soporten permanecer en sus jaulas y de inmediato empiecen a patear el suelo de metal y mostrar los dientes. En fin, una experiencia intolerable para quien juzgue el arte de combinar los sonidos en términos de melodía y ritmo (y para el resto también).


Hacia 1982 Merzbow editó en su “propio” sello, ZSF, un cassette que lleva por título Lowest Music 2, el cual más tarde fue relanzado por Extreme, y es una buena muestra comprimida de lo que tiene para ofrecer. La indecente pieza se consigue aquí . A ver si se animan.

Add comment Mayo 3, 2008


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