
Marion Brown es un saxofonista nacido en 1935 en Atlanta, Estados Unidos; en 1992 se enfermó y desde entonces no se ha presentado en vivo o mayormente vuelto a grabar, hasta donde sabemos. Supo tocar con John Coltrane en el disco Ascensión, y un poco después dio a conocer una pequeña obra maestra inspirada en otra de las grandes figuras del jazz experimental de los años sesenta, Archie Shepp.
El álbum se llama Three for Shepp y el sello Impulse! lo distribuyó en 1966. Se trata de una mezcla de blues y jazz tamizada por los vaivenes del atonalismo y el free jazz. Dave Burell y Stanley Cowell estuvieron en la ocasión a cargo del piano, Bobby Capp y Beaver Harris de la batería y Norris Jones del bajo; pero la mención especial la merece Grachan Nochur III, dado que el trombonista parece haber entendido como ningún otro las texturas de las composiciones y arreglos de Brown y se ajusta, soporta y juega de manera perfecta a lo largo de la media docena de temas (tres firmados por el propio Brown y tres por Shepp) con los motivos que los saxos van enhebrando y desplegando en todos sus matices.
La mejor tradición del blues arrastrado con un slow tempo bien marcado hacia los territorios de la contemporaneidad musical yanqui, es decir un oxígeno que mezcla los mejores aires de la vieja Nueva Orléans y la nueva Nueva York. Un imperdible que con un mínimo de paciencia se puede pescar en la red.
Junio 6, 2008
Con las voces allá en el fondo que se elevan como si cantaran un himno de carraspera adolescente que odia y ama a la vez la cotidiana existencia y de repente caprichosas se detienen para jugar con algún retruécano tartamudo que hace desaparecer la música un segundo antes de insistir con el grito y la rima sencilla e hipnótica, como de vendedor callejero, antes de que la mujer intente saltar desde el mercado para darle al eco una resonancia religiosa, un murmullo de pretendida y humorística trascendencia. Con guitarras bastante caprichosas que no se sabe muy bien para dónde van pero que insisten, rasgueadas a los golpes nunca se detienen, y como para no aburrir marcan el paso cada tanto con algunos efectos sonoros, ecos, saturaciones, vaivenes rudimentarios de bajo costo y alcance técnico pero capaces de armar eso que un poco más tarde pasará a llamarse en la jerga de los “periodistas especializados” sonido espacial (como ocurre sobre todo al comienzo de los veinte minutos del tema que da nombre al álbum). Algún órgano cada tanto y el músico que le pega a las teclas más siguiendo el contrapunto con la percusión antes que disponiendo alguna coloratura o sostén melódico, el bajo bien marcado, redundante, y un violín que se mezcla con la guitarra aunque se da su tiempo para mentar también alguna frase atonal de esas que en la actualidad siguen siendo tan desconcertantes y resistentes a la oreja. Y lo mucho aprendido del jazz y del folklore europeo de diversa procedencia y la “improvisación dadísta” según alguno de los integrantes de la banda alguna vez la bautizó. Un desfile catártico lleno de rudeza y maravillosa imperfección.
Para contrastar los diferentes énfasis y acentos basta escuchar los excesos apretados en los ocho minutos de “Luzifers Ghilom” y confrontarlos con el breve y compacto “Henriette Krötenswanz” de redoblante de marcha militar y entusiasmo de pueblo; todo el guiso, claro, se revuelve mezclado y sintetiza en el infinito “Phallus Dei”.

En fin, hace casi cuatro décadas, en 1969, mientras los sucesos de Mayo todavía sacudían a los estudiantes y jóvenes de París y de toda Europa, John Weinzierl, Chris Barrer y Renate Knaup, los músicos alemanes que se cansaron de la comuna y armaron de Amon Düül II publicaron su disco debut y obra maestra, el irreverente Phallus Dei (aunque algunos de las piezas que lo siguieron, como el doble Yeti y Vive la Trance! no están lejos de sus brillos) , uno de los puntales más insignes del hoy por hoy reverenciado kraut rock. Nos dicen que se consigue acá.
Mayo 11, 2008

Masami Akita nació en 1956 en Tokio. Como todo adolescente que se precie de tal mientras cursaba los estudios de escuela media comenzó a frecuentar bandas de rock, con las que realizó los covers de los clásicos del género, etcétera; y así fue rodando por la vida hasta que, ya en edad de merecer, se topó con los estudios de arte, las vanguardias, el free jazz y su apuesta estética cambió radicalmente de orientación y fue encontrando -para bien o para ma- un estilo particular y definitivo.
Así fue como decidió tomar el seudónimo artístico de Merzbow para firmar una obra musical extraña e impactante. El nombre utilizado para rebautizarse está inspirado en una obra del célebre artista de vanguardia alemán Kart Schwitters llamada “Merzbau”, y conocida también como “La catedral de la miseria erótica”. (Este “collage patafísico” puede apreciarse arriba.) La afinidad viene por el lado de que Akita-Merzbow siempre se sintió atraído por el “arte basura”, que en los plásticos experimentales desde comienzos del siglo veinte por los menos se viene implementando a través de diversas técnicas del collage; pues bien, al japonés no le resultó demasiado difícil traducir el recurso técnico al terreno de lo musical. El otro aspecto con que se toca con Schwitters es en torno a la apelación erótica, que en Merzbow se va a encontrar infectada por los ritos y los mitos del fetichismo y las formas sadomasoquistas.
Desde fines de los setenta al artista-banda Merzbow (dado que cada tanto Akira supo sumar a sus aventuras a algunos compañeros de ruta ocasionales) distribuyó una serie infinita de cassettes, algunos de ellos con la única “presentación” de algunos collages de fotocopias como envoltorio. De a poco empezó a presentarse en Tokio y conseguirse un pequeño grupo de seguidores que desde entonces considera a Merzbow uno de los fundadores del sonido noise, pero noise del peor, el primero, el más directo y provocativo, el mejor…
En los ochenta el reconocimiento le valió para que algunos sellos independientes de diversos puntos del planeta comenzaran a disputarse sus inclasificables obras. En 1993 la firma Extreme puso a la venta una caja que contenía 50 discos recopilatorios con las andanzas de Merzbow y que se considera hoy una pieza de coleccionistas dementes.
Avanzados los noventa sucedió lo que debía suceder: aterrizó en Nueva York, grabó para el sello de John Zorn y armó junto con Mike Patton una breve incursión sonora bajo el nombre de Maldoror, acontecimientos que engordaron su fama y reconocimiento crítico de (pequeño) público.
El año pasado dio a conocer dos álbumes: Merzbear y Synth Destruction.
Una leyenda del caos de la vanguardia musical, raro, agresivo, de esos que saben generar un ambiente sonoro demasiado alterado como para que los animales soporten permanecer en sus jaulas y de inmediato empiecen a patear el suelo de metal y mostrar los dientes. En fin, una experiencia intolerable para quien juzgue el arte de combinar los sonidos en términos de melodía y ritmo (y para el resto también).

Hacia 1982 Merzbow editó en su “propio” sello, ZSF, un cassette que lleva por título Lowest Music 2, el cual más tarde fue relanzado por Extreme, y es una buena muestra comprimida de lo que tiene para ofrecer. La indecente pieza se consigue aquí . A ver si se animan.
Mayo 3, 2008
La revista especializada Jazz Report escribió alguna vez que: “Es el secreto mejor guardado del Canadá”; la referencia era el saxofonista y multiinstrumentista Glen Hall, y en lo que respecta a aquella definición la única observación que podría agregarse es que, para el tiempo en que fue hecha, ya todo estaba bien al descubierto. Las apariciones musicales de Hall recorren todo el espinel: desde el célebre arreglador y compositor Gil Evans (aquel que supiera brillar en 1060 en los Sketches of Spain de Miles Davis, para mentar sólo un ejemplo de fuste) hasta el guitarrista experimental y ex miembro de Sonic Youth Lee Ranaldo (busquen Oasis or Whispers de Hall/Hooker/Ranaldo) , pasando por el reinventor del trombón en el jazz moderno -de acuerdo con los especialistas- Roswell Rudd, el grupo de percusión Nexus o los herederos de los arabescos electrónicos de Karlheinz Stockhausen.
Hall nació en Winnipeg, de pibe lo suyo fueron la guitarra y la armónica pero más tarde marchó a Alemania para estudiar composición con Gyorgy Ligeti y Mauricio Kagel. Flor de viaje.
Con la ayuda de amigos como el mencionado Evans, en 1981 grabó su primer disco The Book of the Heart (El libro del corazón); cinco años más tarde llegó el segundo, Mother of the Book (La madre del libro). Del 2001 es The Roswell Incident (El incidente Roswell), que firmó con Rudd y Outsource.

Aquí vamos a destacar el que al parecer hay coincidencia en estimar como su trabajo más ambicioso y logrado. Se llama Hallucinations y salió por el sello Leo hace una década, en 1997.
La obra lleva como subtítulo “Música y palabras para William S. Burroughs”, y despliega lo que el propio Hall supo definir como un “film sónico”. La inspiración parte de dos novelas del escritor estadounidense, Nova Express y The Wild Boys; toma pedazos de recitados de Burroughs, los cruza con la lectura de textos propios sobre una rampa construida con la flauta, el clarinete bajo, los saxos soprano y tenor, y mucha manipulación electrónica. Rudd y su trombón se ocupan de la casi totalidad de los solos que aparecen a lo largo de los catorce temas; sus contrapuntos con las guitarras y la percusión constituyen uno de los aspectos mejor logrados del disco.
Hallucinations es un álbum extraño, atractivo e hipnótico, virtudes a las que aquellos conocedores de Burroughs que con la oreja se le animen al inglés hablado podrán sumar otros sabrosos condimentos.
Abril 25, 2008
Giorgio Gaslini es un gran pianista italiano, que ya casi llega a los 80 años de vida: nació en Milán en 1929.
Por lo general los artículos periodísticos y las reseñas -anclados todavía en sus primeras obras- lo señalan como perteneciente a la música de jazz, pero en realidad Gaslini alimenta sus composiciones y arreglos con elementos provenientes de algunas de las fuentes más importantes y renovadoras de la música contemporánea, como el serialismo y la corriente aleatoria, entre los principales movimientos de vanguardia de lo que ha sabido, y con mucha fineza e inteligencia, “tomar prestado” diversos componentes. No contento con ello fue ampliando su registro jazzero desde el swing más tradicional hasta las formas free, e incluso se le ha atrevido a las cadencias del pop sin mayor escrúpulo, aunque de manera medida.
En algunos reportajes Gaslini ha indicado que su ambición es saltar por encima de los géneros en la búsqueda de una “música total” (así se llama su álbum de 2006), o mejor: totalizante.
A los 16 empezó a mostrar su virtuosismo con un trío de jazz tradicional, a los 19 brilló en el Festival de Jazz de Florencia, un poco después se dedicó a la enseñanza de la música en un destacado conservatorio de su ciudad natal; los cincuenta y parte de los sesenta los dedicó a perfeccionar sus intentos anteriores ahora con la forma de un cuarteto. De paso compuso bandas de sonido para películas (la más conocida es la que realizó para La noche de Michelángelo Antonioni), piezas completas para orquestas sinfónicas, música para teatro y ballet; su figura se volvió habitual en las noches de La Scala de Milán. Supo fundar el ensamble de jazz Grande Orchestra Nazionale y escribió dos libros de texto referidos a la enseñanza musical donde describe un particular método pedagógico.
En 1966 se publicó la primera grabación de Gaslini con su grupo, la suite New Fellings, y desde entonces los álbumes en los que participó han sido incontables. Los críticos suelen destacar los que dedicó a adaptar los temas de Thelonious Monk (Plays Monk, 1981) y Albert Ayler (Ayler’s Wings, 1990), pero la mención es sólo indicativa.
A lo largo de su extensa y larga carrera se le han arrimado infinidad de músicos de primer nivel para solicitar su compañía; principalmente algunos de los mejores y más osados jazzeros norteamericanos que aprovechaban cada tour europea para acercársele.

Precisamente aquí queremos destacar el dúo que Gaslini armó con el increíble saxo de Anthony Braxton para dar vida en 1981 al disco que se llamó sencillamente Four Pieces. Cuatro temas que ocupan unos cuarenta minutos de la vida de la oreja, que bien vale sacrificar.
El piano amenaza al comienzo con ser el dueño y señor de todas las composiciones; las amasa, las deja correr y las abandona, y en el juego se las arregla para permitir dos o tres entradas de Braxton que se encuentran entre los “ataques” de saxo más impresionantes que uno puede encontrar entre los discos de las últimas décadas. Agresivo y melancólico, el saxo de Braxton parece estar diciendo yo sabía que me tocaba figurar sólo un rato pero vine dispuesto a hacerlo con ganas; y las ganas de a poco la posibilitan ir ganando aire y espacio hasta que las composiciones se articulan plenamente y equilibran a la manera de un dúo perfectamente calibrado. Sólo el primer tema, “Comp. 101”, con el piano vigorosamente tartamudo moviéndose en contrapunto con los vientos de inspiración impresionista que entran y salen ya valen el disco. Ultrarecomendado.
Abril 5, 2008

Durante algún tiempo para acercarse y rememorar la música del grupo sólo se conseguía un álbum en vivo, bastante deficiente y deslucido, rescate de una cinta grabada en vivo y distribuida por Melopea, el sello de Litto Nebbia. Pero ahora los blogs han abierto la posibilidad de empujar un poco al destino y traer alguna justicia al mundo.
El original es del año 1971. En ese entonces se formó esta suerte de supergrupo integrado por los jazzeros criollos Gustavo Bergalli en la trompeta, Jorge Sanders en el saxo, Santiago Giacobbe en los teclados, Jorge González en el bajo y la batería de Carlos Pocho Lapouble; el resultado fue por demás notable y lleva como único nombre identificatorio el de la banda más el dibujito en tapa, pergeñado por la mano de uno de sus miembros, que semejaba un cierto gigante bueno mitológico empecinado a disfrutar de la vida con pastito entre los dientes. En fin, Quinteplus.
Surgido en un momento en el que en las venas de los músicos argentinos parecieron mezclarse sanamente alguna inyección de rock más el recupero de cierta tradición folclórica moderna -alguien podrá agregar aquí: dos marcas de época-, los Quinteplus se dejaron llevar pero no a la manera de los vientos fuertes de la transformación arrolladora del jazz que por esos días soplaba gente como el Gato Barbieri, sino de una manera mucho más fresca, relajada, logrando una serie de composiciones y arreglos a la vez libres y ajustados que se alimentan y fertilizan la mejor vertiente del jazz moderno sin prejuicios.
Cuarenta minutos de música, ocho temas uno mejor que el otro, escuchen si no “El pasito de Nano”, o “La vuelta del Elefantor”, o “Loberman, el hombre lobo”, o “Blacman, el justiciero”, títulos que de paso permiten contestar también aquella pregunta de Frank Zappa acerca de si música y humor pueden ser compatibles. Ah, un lugar bien destacado se gana la versión imperdible del clásico “Los ejes de mi carreta” de don Atahualpa Yupanqui.
Se trata sin ninguna duda de uno de los grandes discos que ha sabido dar el jazz argentino. Las reproducciones que se consiguen por internet están directamente tomadas del vinilo original, dado que no existe todavía versión en disco compacto, pero en este caso alguna imperfección en lugar de hacer mella suma. A estos hombres tristes, por ejemplo, permite bajarlo de la dirección: http://lix.in/81378b92.
No se lo pierdan.
Marzo 23, 2008