Escuchar canciones de música rap, ver las imágenes que suelen acompañar a sus principales figuras, aquellas que las componen, arreglan e interpretan, generan un fenómeno curioso de emociones mezcladas y cruzadas. Por un lado es indisimulable la inmediata advertencia de su origen popular y callejero. Por más disfrazadas y estilizadas que aparezcan las palabras, aunque quienes las recogemos con la oreja en este lejano sur seguramente nos perdemos la mayor parte del eco cultural y social que arrastra la pronunciación hasta en las gotitas de saliva que chocan contra los dientes enojados y vuelan por el aire, es inevitable notar hasta qué punto tal modo de cantar -en realidad lo es más de un cierto recitar desafiante- está concebido para enfrentar y oponerse a la lengua “normal” de los blancos y generar formas de la identidad popular desde la captura de ese espíritu cargado de bronca y rencor que habita las barridas negras, latinas y pobres. Porque lo fundamental es esa manera del decir y del cuerpo que acompaña el decir (el rostro, la boca, las manos: la marcación es tan fuerte que hace ya tiempo que se insiste en parodiarla con eficacia y facilidad), después se pueden agregar el vocabulario y los temas, que van de suyo: completan la trama en el seguimiento de una simple inercia y continuidad.
Por el otro se encuentra aquello que podríamos llamar el planeta de la producción industrial. Que, en caída dramática, ha generado una profunda estereotipización musical y estética en general. Los arreglos y las posibilidades técnicas son cada vez más y mejores, cada vez son más sutiles y expertos quienes arman los arreglos, el beat gomoso de base, los subrayados mínimos con los teclados, cierto efecto dramático aquí y allá, las calculadas seducción y agresividad, y cada vez todo suena más parecido y homogéneo, pensado para pergeñar un fondo musical infinito que pasa y pasa por el CD, la radio, los parlantes de la computadora y la televisión sin que se note mucho el cambio de canción, disco, banda o solista.
Hace poco estuvo en la Argentina Snoop Dog y cuando le preguntaron por su pasado de gansta raper contestó que eso fue un pecado de juventud, que ahora tiene demasiados negocios entre manos como para andar ocupándose de stuff como aquél… El rap ha ido adquiriendo todos los vicios del nuevo rico. Antes mencionamos ese dato en relación con la producción musical, pero podría agregarse ahora la obsesión por la ropa cara, las joyas, los automóviles interminables, el fisiculturismo aceitoso, las increíblemente exuberantes modelos que parecen los clones en negro y con el culo más grande de aquellas California girls que atesoraban para los posters y videos los rubios grupos de heavy metal hace un par de décadas. La cadencia se ha convertido en una pura decadencia. Como con los futbolistas, la lotería, los reality shows y la mitología de garaje, los pibes pobres de los guetos urbanos deben soñar con convertirse en habitantes del universo rapero de la mágica y repentina abundancia, aunque la quimera cada vez fluoresca más deformada y vacía en el contexto de la recesión, la desocupación que avanza como la inflación y los cientos de miles -negros y blancos- que están siendo arrojados de las casas que no pueden pagar.
Para cerrar: nos pasaron un disco de Jay-Z y otro de 50 Cent, colocamos cada en uno en una mano como si fueran los platos de una balanza, y al final nos decidimos por Mis tangos preferidos del Juanjo Domínguez, convencidos de que la milonga jamás traiciona.






