Los cautivos, de Martín Kohan

julio 9, 2011 at 1:19 pm 3 comentarios


Martín Kohan, Los cautivos, Buenos Aires, Sudamericana, “Debolsillo”, 2000, 154 páginas.

Con la tradición de la gauchesca sucede que –como seguramente ocurre, se puede especular, con toda tradición cultural consolidada desde hace un buen tiempo– se presta a las más diversas variaciones, mezclas experimentales, homenajes reverenciales, actualizaciones, herejías y burlas. La literatura argentina es un buen muestrario al respecto, desde el lejano Estanislao del Campo hasta los poemas de Leónidas Lamborghini, los sketches en que Alberto Olmedo hacía las veces de mazorquero o los almanaques de hondo sentir patriótico que todavía, cada tanto, cuando sobra una moneda, reparten los almaceneros del barrio.

Mal o bien, la novela Los cautivos de Martín Kohan transita esa huella. El truco generativo básico es el de enfrentar la bárbara y animal materia narrada con su observación a través del microscopio que lleva adelante una suerte de narrador antropólogo que parece heredero de lo mejor del Iluminismo y los destilados de la alta cultura civilizatoria. El resultado es la descripción minuciosa de la cotidianeidad de una comunidad gaucha que pervive en la pampa bonaerense alrededor de la estancia del patrón a quien sirven. Sus usos y costumbres son bien particulares en esta ocasión, desde la inclinación por el incesto apurado, como esos inverosímiles pozos que buscan ofrecer defensa y resguardo frente a los malones hasta el amor reverencial por el terrateniente que nunca aparece pero, como el sol, siempre está. El resultado es bastante alocado, con un cierto tufo que aproxima el intento a algunas aventuras de César Aira, y que mal o bien se las arregla para ganarse alguna atención lectora en la primera parte del texto.

Lo que queda claro es que, pasada un poco más de la mitad, Kohan no supo qué hacer con el resto y lo solucionó a la profesor de literatura. Metió por el aljibe al ilustre Esteban Echeverría y algunos datos documentales, como para ir cerrando la conferencia sin que nadie se diera mayor cuenta del derrape. El deambular de la pobre Luciana siguiendo una supuesta historia de amor, la aparición de “la otra”, la prostituta, las sentidas cartas y promesas que se derraman a partir de entonces en el destierro hasta llegar al remate (literal e históricamente) que sufriera el cuerpo muerto del autor de La cautiva es verdaderamente bochornoso. Una sensación de profunda frustración necesariamente invadirá a todo aquel que, como nosotros, gastó unos mangos en hacerse de la publicación y casi empuja a presentar demanda en alguna de esas oficinas de protección al consumidor leal y bueno (mea culpa: la cruza de pocas páginas y muchos capítulos de títulos largos debió habernos hecho sospechar…).

A lo mejor desde la editorial lo llamaron y le dijeron: “Tenés que entregar mañana, hay que aprovechar el rebote de los medios…”, o se produjo algún otro suceso de fatídica influencia que fue causa de efecto tan desagradable, vaya uno a saber. Las conjeturas pueden ser muchas, claro, pero mi viejo, ¡no hay derecho! ¡No puede permitirse que se mate así a un lector valiente!

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Mi verano de amor, de Helen Cross/ Pavel Pawlikowski Annabel Lee revisitada

3 comentarios Add your own

  • 1. lilia  |  julio 13, 2012 en 3:15 am

    necesito ese libro como puedo hacer para tenerlo

    Responder
    • 2. cuadernodetrabajo  |  julio 13, 2012 en 4:58 pm

      Hace ya algún tiempo, Lilia, se con seguía en las mesas de ofertas de la calle Corrientes y alrededores. Suponemos que si no podés darte una vuelta por ahí o ya no queda, es posible comprarlo o, si no lo tienen ahora, encargarlo en cualquier librería.

      Responder
  • [...] relatos de Martín Kohan que cayeron en nuestras manos nos defraudaron bastante, como el feo Los cautivos. Cuentas pendientes es bastante [...]

    Responder

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