Max Weber bien puede esperar
Noviembre 14, 2009
¿Debe alguien que va a cobrar en los días venideros poco más de quinientos pesos de aguinaldo gastar a cuenta cientocincuenta en un libro? Porque poder puede, eso es claro y evidente. La cuestión, por lo tanto, es más bien de orden moral, o filosófica, reflexiona al tiempo que observa el desfile de las docenas de tapas coloridas que se distribuyen prolijamente en la vidriera de la librería de la calle Corrientes habitada también por fantasmas.
Sucede que sobre el vidrio engrasado por las manos que señalan e intentan vanamente tocar y adueñarse, se le apareció de repente el rostro de su marido y el recuerdo del regalo que le adeuda y viene pateando desde su cumpleaños con disculpas diversas, hace ya dos meses. Las excusas son más bien hacia ella misma, porque él nada le ha dicho al respecto y nada le va a decir. No, la cosa es uno, el alma de uno, la culpa y el deber, lo que está mal y lo que está bien.
Así que suspira y sigue caminando en busca de la zapatillería que está un poco más allá de la parada del subte. Max Weber puede esperar, piensa a manera de consuelo. Al fin y al cabo por eso son clásicos, ¿no?, concluye: porque no ceden a las modas ni envejecen, pueden entonces aguardar eternamente a sus lectores sin jamás echarse a perder.
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