La biblioteca está llena de ratas
Noviembre 14, 2009
Fue una vez, una sola, pero alcanzó para que la leyenda se echara a rodar y engordara como la bola de nieve insaciable que se devora la ladera de la montaña. Cuando se intentó reconstruir el hecho, al parecer fue el portero quien se olvidó la caja de cartón ahí, en el rincón húmedo; adentro estaban los alfajores y bizcochos que habían sobrado del campamento de fin de semana. Lo cierto es que cuando ella, la bibliotecaria, levantó la pila de volúmenes para ordenar en los estantes se topó con los ojos negros y el hocico del diminuto roedor que de inmediato huyó espantado por el grito. Fue cosa de un segundo; de inmediato llegó el hombre decidido y al rescate, quien sin mucho escrúpulo ecológico le dio al pescuezo del pobre animal con la escoba de punta ,después remató con el talón y chau pinela.
Pero parece que su voz temblorosa y asustada permanece en la condena de un eco perpetuo y se niega a abandonar el templo de las mensulas y los tablones de aglomerado, y así de generación cada tanto los estudiantes se enfrentan con ella y corren espantados.
Lo que más le molesta no es el mal recuerdo de lo sucedido, o la vergüenza frente al varón que habiendo liquidado el entuerto le dijo fastidiado: “Tanto aspaviento por un bichito de mierda”, o la especulación resultante acerca de si debería haber actuado de otra manera, más contenida. No, nada de eso. Lo peor es la cara que le devuelven los profesores después de que mandaron a algún alumno a hacer una consulta o trabajo especial y encuentran como única respuesta la tajante voz infantil que dictamina: “Ah, no. A la biblioteca yo no voy ni loco. Esa sala está llena de ratas…”.
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