Cartón lleno (dos)
Mayo 21, 2009
La plancha de tergopor ayer nomás blanca fijada sobre el improvisado escritorio, junto al placard, es su historia de vida. Se trata de una conclusión simple y definitiva a la que ha llegado después de horas y horas de días y días de observarla desde la cama, con los brazos cruzados debajo de la cabeza, mientras, antes de entrar al país de los sueños, se decide a cerrar los cáculos que lo empujen de una vez por todas a rajarse de la casa de sus viejos.
Ya está en la universidad, discute a diario sobre socialismo y vanguardias estéticas, de vez en cuando fantasea sobre hijos que alguna vez vendrán, tiene ofertas de amigos bien queribles para compartir casa y comida, y hasta podría decidirse si quisiera a devolverle a su novia la conversación sobre “vivir juntos” que hasta el momento ella sólo se ha atrevido a prologar con la mirada.
Pero no. Sucede, y sin vueltas, que en el fondo tiene miedo. En su corazón reina una pesada y agustiosa incertidumbre aun cuando sabe que, en el peor de los casos, ni su papá ni su mamá le van a cerrar la puerta si una noche se les aparece de vuelta con las valijas. Todo lo contrario.
Mira las fotos desparramadas sobre el tergopor, amuchadas unas sobre otras, las amarillas y las bien luminosas; poemas escritos en servilletas de papel y hasta en un boleto de colectivo; media fotocopia de la primera página del Manifiesto Comunista; una caricatura de Miles Davis y otra de Oliverio Girondo; una flor seca hace muchos meses… En ese momento la ventana mal cerrada deja entrar un torbellino imprevisto que desencaja la lámina y arroja al suelo la mayor parte de su multitudinario y heterogéneo contenido. El muchacho cierra entonces los ojos, como quien sabe que el destino ha elegido por él.
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