Exceso y defecto. Un breve ejercicio poético a ciento diez años de las Prosas profanas

septiembre 24, 2008 at 6:00 pm Deja un comentario

El fenómeno que se narra a continuación suele ocurrir con los lectores de poesía, no con quienes leen prosa, allí es posible detectar secuelas de otro tipo. Cuando después de muchos años se vuelve a leer el título de un libro de poemas, algunos versos, una poesía completa, pongamos por ejemplo ciertos pedazos tomados al azar de Le revolver á cheveux blancs de André Breton, el primer sentimiento que recorre a quien lee es el de la ajenidad.
Afuera, otro, allá lejos en el tiempo. Antes de volver con un poco más de intensidad sobre los poemas, antes de juzgarlos uno por uno o de a montón, el exceso del nombre menta automáticamente una época ida. Difícil quizás de precisar, tal vez la adolescencia, determinada porción de la juventud… ¿Breton era buen o mal poeta? La contestación se vuelve elástica, se distiende para perderse luego en una serie larga. Sucede que se descubre que la respuesta es impertinente e innecesaria. Porque nos sabemos, así, de pronto, herederos de Breton -vale insistir: se trata sólo de un nombre posible, otros podrían ocupar ese lugar-, nos guste o no. Y como reza el dicho popular: la familia no se elige, al menos hasta un punto.
De él, precisamente, aprendimos la demasía, la necesidad vital del experimento. Breton es como los hermanos mayores que palmean el hombro, nos contienen y consuelan, y después dicen: “Todo es posible”, para que salgamos armados al mundo. Y desde ese entonces la fuerza del mandato permea y habita todo lo que es dable hacer.
Insistamos con el ejemplo a través de un poema, “En la ruta que sube y baja”. En ese texto –“increíble” grita nuestro recuerdo e intentamos corroborarlo- el motivo-sujeto que sostiene el conjunto es una llama, un fuego moviente que va iluminando desde una perspectiva múltiple escenas cambiantes de un pasado que ya no es pero que sin embargo todavía acecha. El yo que tímidamente aparece, el ustedes que es caso de apelación o advertencia, son dominados por esa moción. Así el poema pasa de lo general a lo particular (“Esta llama…”), es decir que transcurre desde el señalamiento inmediato, existencial, propio de la oralidad, de aquello que rodea hacia una dimensión más abstracta, pura escritura. Lo mismo ocurre con ciertas marcas temporales que ya se ciñen al momento (“ahora”) y cubren a los versos con su instantaneidad, o los acompañan con un discurrir atemporal por lo eterno (la ciudad y sus edificios…Venecia, los castillos…).
En ese vértigo las imágenes son indetenibles: existen en lo efímero de la ocurrencia pero por la concurrencia también devienen otras antes de que la saliva, la tinta o el pensamiento se sequen (“…sobre el mar pero / Ya no es el mar…), en la persecución de lo imposible tan propia de la doctrina surrealista. De igual modo ocurre con las estructuras paralelas e intercambiables (“Es… / Es… / Es…”) que a fuerza de insistir y pretender, en superficie, que buscan la mejor y más precisa determinación, terminan disolviendo el objeto bajo el alud de los predicados azarosos y la poca comunión semántica que los acerca.
La forma en fuga, el verso definitivamente libre, que convierte también en ceniza al sujeto poético en el atolondramiento de tiempos y espacios (“El hombre que ya no soy…”), el hacinamiento de recursos que se devoran a sí mismos y que se cierran con la forma de un doble oxímorom donde el primero (“Llama de agua”) se toca con la tradición (“mar de fuego”) como para corroborar que las metáforas imposibles sólo pueden ser concebidas porque alguna vez alguien, en un fondo que se pierde, o los hombres todos como especie concibieron la posibilidad de la metáfora.

Igual de necesaria, entonces, es la figura opuesta, aquella que en su personificación nos amonesta cada vez que pasa un minuto y seguimos corriendo con la birome sobre el papel. Pongamos también un nombre, por caso: Rubén Darío, aprovechemos que hay cierta felicidad en mencionar ciertos autores que, sabemos bien, nuestra lectura de hoy los ha liberado de toda aquella pesadez que los mantenía en sepultura. Darío enseña la práctica laboral del sometimiento a la forma, nos incita a poner el lomo, obliga a tragar un pastel lleno de tierra y humildad aunque tematice las alturas más aristocráticas. Señala el exacto lugar en que la voz del poeta, a fuerza de pujar y repujar, se deshace y pierde en el reconocimiento del otro, del mundo, de la tradición, de la cultura, del lector, de la letra.
Tomemos un poema ejemplar y célebre, “Ama tu ritmo”, de aquellas fundantes Prosas profanas que están por cumplir los ciento diez años. La elección del soneto aparece reforzada en esta oportunidad puesto que Darío, a diferencia de otros casos donde el alejandrino de tradición francesa viene a ablandar la horma y la norma “dictada” por Francisco Petrarca, elige mantenerse en las once sílabas tradicionales, en tensión con el tema que esta vez se trata.
Repasemos los ejes de simetría en torno a ese neologismo, “pitagoriza”, justo en el centro del equilibrio y el sentido. Un neologismo, dicho sea de paso, asordinado, escondido por la referencia de los siglos que se pierde entre Platón, los antiguos griegos y egipcios, a la vez que alienta esa clave todavía simbolista que sigue tarareando detrás de toda poesía. La relación de amor, verdad y belleza, el yo y el tú, el himno y la amonestación, el cosmos y el hombre. Todo eso, y más. Es evidente que el término “defecto” que se adelantó en el título de estos apuntes para juzgar el espacio que aquí ocupa Darío, en términos de vulgar subordinación a un conjunto de normas es por demás equivocado (dicho sea de paso: el acatamiento de ciertas leyes o pautas estéticas en un sentido estricto es de por sí una imposibilidad, práctica y del pensamiento); se ha tomado esa palabra en un sentido retórico, más bien para designar una suerte de predisposición hacia la forma.
Dibujados los polos y completado el par, es posible advertir que exceso y defecto brindan la inspiración y la exhalación de todo arte, lo descubren en su novedad y en su raíz. Exceso y defecto no dan como resultado justo medio en el cálculo poético, sino que describen vaga pero entusiasmadamente el ritmo de su respiración.

Rubén Darío, “Ama tu ritmo”

Ama tu ritmo y rima tus acciones
Bajo su ley, así como tus versos;
Eres un universo de universos
Y tu alma una fuente de canciones.

La celeste unidad que presupones
Hará brotar en ti mundos diversos,
Y al resonar tus mundos dispersos
Pitagoriza en tus constelaciones.

Escucha la retórica divina
Del pájaro del aire y la nocturna
Irradiación geométrica adivina

Mata la indiferencia taciturna
Y engarza perla y perla cristalina
En donde la verdad vuelca su urna.

(de Prosas profanas, 1896)

André Breton, “En la ruta que sube y baja”

Decíme dónde se va a detener la llama
Existe una manera de señalar de las llamas
Ésta apenas si doble la punta del papel
Se esconde entre las flores y nada la alimenta
Pero se ve en los ojos y ya no se sabe qué se ve en los ojos
Puesto que te ven
Una estatua está arrodillada sobre el mar pero
Ya no es el mar
Los faros se yerguen ahora en la ciudad
Barren el camino de maravillosos bloques de hielo y carne
Que precipitan en la arena sus innumerables carros
El polvo adormece a las mujeres con vestidos de reinas
Y la llama corre siempre
Es una frase de encaje en el cuello de un señor joven
En el imperceptible sonido de una campana de paja en casa de un poeta o de otro holgazán cualquiera
Es el hemisferio boreal entero
Con sus lámparas suspendidas y sus péndulos que se posan
Es lo que sube del precipicio a la hora de la cita
Los corazones son los remos ágiles de este océano perdido
Cuando los signos dan vuelta al borde de los caminos con un seco ruido
Que se asemeja a ese especial crujido de los pasos de los sacerdotes
No hay más actriz de gira en los vagones blanco y oro
Que la cabeza de la portezuela exactamente unos pensamientos de agua muy grandes que cubren los charcos
No se espera que la llama le confiera el olvido definitivo de su papel
Las borrosas etiquetas de las botellas verdes hablan todavía de castillos
Pero esos castillos están desiertos con la excepción de una cabellera viva
Chateau-Ausone
Esa cabellera que no va a tardar en deshacerse
Flota en el aire medusa Es la llama
Da vueltas ahora alrededor de una cruz
Desconfíen: profanaría la tumba de ustedes
Bajo la tierra la medusa aún se halla en su casa
Y la llama de alas de paloma sólo escolta a los viajeros en peligro
Hace falta compañía a los amantes en cuanto son dos para estar solos
…Donde va veo romperse los espejos de Venecia en las proximidades de Venecia
Veo abrirse ventanas separadas en toda clase de muros sobre una cantera
Allí los obreros desnudos forman el bronce más claro
Son unos tiranos demasiado blandos como para que contra ellos se subleven las piedras
Llevan brazaletes en sus pies que están hechos de esas piedras
Los perfumes gravitan a su alrededor estrella de la mirra tierra del heno
Conocen los países lluviosos revelados por las perlas
Un collar de perlas hace que parezca por un momento gris la llama
Pero de inmediato una corona de llamas se incorpora a las perlas inmortales
Al nacimiento de un bosque que debe salvar de la destrucción la esencia única de las plantas
Prenden parte de un hombre y desde lo alto de la rampa de una escalera de helecho
Numerosas mujeres apiñadas en los últimos escalones
Abren y cierran los ojos como muñecas
El hombre que ya no soy fustiga entonces a la última bestia blanca
Que se desvanece entre la bruma de la mañana
Se hará su voluntad
En la primera cuna de follaje la llama cae como un juguete
Bajo sus ojos se arroja la red de las raíces
Un cubierto de plata sobre una tela de araña
Pero la llama no sabría recobrar el aliento
Maldita la llama que recobrara el aliento
Pienso en una llama bárbara
Como la que al pasar dentro de un restaurante nocturno quema los abanicos en las manos de las mujeres
Como la que camina a todas horas sobre mis huellas
Y brilla a la caída de las hojas en cada hoja que cae
Llama de agua, guiame hasta el mar de fuego

(de El revólver de los cabellos blancos, 1932)

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