Gato negro, gato blanco, de Emir Kusturica
Agosto 2, 2008
Original de 1998, la película sigue por el alocado sendero estilístico trazado por Emir Kusturica a lo largo de dos décadas a partir de esa peculiar y delirante mezcla que ha sabido ir alimentando alrededor de los usos y costumbres de los gitanos transformados en una épica de los atorrantes.
La historia, una vez más, se arma a partir del espasmódico y urgente ir y venir de una serie alocada de simples y precarios mortales que, en definitiva, lo único que buscan es vivir lo mejor posible en medio de un mundo que inevitablemente se derrumba y pretende arrastrarlos en la catástrofe. El caos y el nomadismo frenético son las claves excesivas e hiperbólicas con que la historia se cuenta a partir del humor popular menos contenido.
Esa pléyade de pícaros y buscas, con mejor o peor suerte en la vida y en los arrabales del mercado negro, se corporizan en este caso en las figuras del dúo que constituyen Dadan Destanov y Matko Carambolo, cuyas desavenencias de “negocios” para nada santos van a intentar ser solucionadas gracias al matrimonio arreglado entre el hijo del primero, Zare, y la insoportable hermana enana del segundo, Afrodita. Pero Zare ama a otra, sobre la cual pende la amenaza de que su abuela la venda en la primera de cambio, y Afrodita se ha jurado a sí misma sólo desposarse con aquel que de manera súbita cautive su corazón, quien -Grga- aparecerá sobre el final del relato como un deus ex maquina para que todo cierra armónicamente (es un decir…) y se coman perdices.
En el medio Zare rescatará a su querido abuelo del hospital para entregarlo a la vida y el alcohol berreta, para que muera súbitamente, sea cubierto con hielo para evitar la descomposición durante la celebración de la boda que no puede ser postergada y para que finalmente resucite con una sonrisa de dientes ennegrecidos desde su tumba, en el altillo de la casa en ruinas, donde en algún momento se le habrá sumado otro supuesto cadáver, el del poderoso y temido abuelo de Grga, que resucitará con él a tiempo para los brindis.
En fin, sobre el final Kusturica sobreimprime el cartelito “Happy end” para que al espectador no le queden dudas de hasta qué punto lo que acaba de ver se ha cimentado sobre la estructura de la comedia clásica, salpimentada por esa arrasadora música centroeuropea que sus elículas tanto han ayudado a difundir.
Se cuenta que al parecer el filme se fue pergeñando sobre la idea de un documental de seguimiento de la vida de una curiosa orquesta de trombones, pero bueno, finalmente se convirtió en ficción. No es una de sus mejores películas, pero sigue siendo un Kusturica de pura cepa, con sus más y sus menos.
Algunos excesos como las imbancables caras y gestos celebratorios de la amada de Zare, el grotesco y de mal gusto espectáculo de la cantante gorda que saca clavos con el culo y la caída en la mierda de Matko, son unos pocos buenos ejemplos de cómo a veces las cosas, sin que uno se dé demasiada cuenta, se escapan de las manos de la peor manera.
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