Sublime obsesión, de Douglas Sirk

Mayo 23, 2008

Magnificent Obsesión es una novela que se ha calificado, con cierta ligereza quizás, de “mística” y pertenece a la pluma del escritor nunca muy renombrado y hoy por demás olvidado Lloyd C. Douglas. La fama de la historia comenzó a acontecer cuando en 1935 el director John M. Stahl, cuando el cine recién comenzaba a parecerse al que hoy se conoce, tuvo la idea de hacerla película con una consagratoria actuación de Robert Taylor en el papel principal.

Stahl venía de un largo trajín profesional en el medio desde la temprana época del cine mudo y en esta ocasión se atrevió a más; acabó sumándose de tal modo a ese conjunto de realizadores que por aquellos años y en el marco “apretado” que la industria cinematográfica hollywoodense les permitía reinventaron la forma del folletín.

Como para se advirtiera bien que se había comenzado a alimentar una tradición fuerte, llena de recursos y atractiva, que llega hasta Reiner Fassbinder o Pedro Almodóvar, dos décadas más tarde, Douglas Sirk -a quien dicen los historiadores del medio que siempre habían fascinado tanto la novela original como el filme de Stahl- se despachó con una remake. Rebautizada en castellano como Sublime obsesión (1954) Sirk hizo en su versión lo mejor que siempre supo hacer: la recargó de vueltas barrocas (algunas bien caprichosas) como para acentuar su costado de melodrama decadente y el espíritu exasperadamente inverosímil del ancho mundo que presenta la ficción.

Así, y es lo que aquí queremos rescatar, volvió a contar la historia del playboy Bob Merrick (Rock Hudson) que por accidente mata a una eminencia científica, el doctor Hudson, y luego, cuando se acerca a pedir las disculpas del caso, también por accidente deja ciega a la viuda del muerto; pero antes tuvo tiempo de conocer al artista amigo que le cuenta lo generoso y buena persona que era Hudson y por este sendero, ejemplo mediante, termina empujando al cabeza fresca hacia una conversión del alma que lo va a llevar a cambiar su vida de forma brusca; se dedicará a partir de entonces a estudiar y brillar en la oftalmología para, sobre el final, reencontrar a la viuda invidente, que antes le había dicho que “no”, y hacerla su mujer.

En fin, un folletín a rajatabla, crudo y sin el menor escrúpulo, de la mejor cepa, que en estos días está exhibiendo en algún canal de cable y cuya copia se encuentra sin mayores tropiezos en formato de video y dvd.

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