Jorge Luis Borges y el idioma de los argentinos
Octubre 4, 2007

En El idioma de los argentinos (original Buenos Aires, Gleizer, 1928; Argentina, Seix-Barral, 1994) Jorge Luis Borges se dedica de continuo a tantear los territorios de la lengua del Río de la Plata, pero no sólo ella. En el prólogo, no casualmente, lanza una enumeración sobre el material que el libro contiene y en la que figuran los “borradores de afición filológica”.
En el primer texto habla de “mis gramatiquerías”, y a continuación emprende una bastante incomprensible, a primera vista, parodia de análisis estilístico de la frase inicial del Quijote. Después alertará sobre dos peligros del análisis y de la lectura (procedimiento crítico que luego va a volver a utilizar): uno es la perspectiva gramatical que se centra en las palabras como “la realidad del lenguaje”, versión imposible porque “las palabras –sueltas- no existen”; y el otro es el que deviene de Benedetto Croce y sus seguidores y que consiste en tomar como único existente real, y por tanto digno de ser considerado, a la totalidad, y negar “las partes de la oración”. Borges intenta imaginar en ese artículo inicial un camino intermedio que es el de la sintaxis, aquella cuyo “poderío es de avergonzar, ya que sabemos que la sintaxis es nada”, pero que a la vez funda la diferencia entre los estilos, dado que un estilo no es otra cosa, afirma que una “costumbre sintáctica”.
En el medio Borges afirma que “la lengua: es decir humilladoramente el pensar”, donde parece retomar cierta antiquísima, y también actual, discusión sobre el estatuto del lenguaje como representación (en realidad, para Borges, en el artículo citado, la representación es propia de las palabras, ellas son las que tienen en un vínculo “directo”, digamos, con el mundo, todo lo demás es construcción, armado, ficción). Como los clásicos pensadores modistas Borges pareciera afirmar que hay una dislocación entre modus essendi (ser, mundo), modus intelligendi (pensamiento) y modus dicendi (En “El culteranismo” Borges escribió: “Ni las palabras asumen invariadamente la acepción que les es repartida por el diccionario ni hay una relación segura entre las ordenaciones de la gramática y los procesos de entender y de razonar”). En el medio, también, distribuye la colorativa de términos como semantemas y morfemas, como para demostrar que ha leído sobre lo que habla (en este sentido van también las citas que realiza).
En el ya mencionado “El culteranismo”, el artículo que dedica a Góngora (y en el que demuestra que, a su juicio, los españoles que valen la pena son Cervantes y Quevedo), coloca en la introducción, y después de haberse referido a los problemas propios de las matemáticas: “cuántas no oscurecerán el idioma…”. Allí parece haber una clave. Por supuesto que es también propia de su poética, pero aquí interesa subrayarla en el sentido de la reflexión sobre la lengua: Borges parece haberse declarado en guerra contra todos aquellos escritores, periodistas o catedráticos que oscurecen lo que debería ser claro. De allí su pelea contra los que estima lenguajes abstrusos de los “especialistas”. Borges piensa como muchos científicos y epistemólogos, desde Karl Popper hasta Albert Einstein, que la ciencia, aunque sea difícil juzgarlo en su superficie, tiende a la simplicidad y que toda teoría que no pueda ser explicada en términos simples esconde en su barroquismo la impotencia y la nada, o la mera fanfarronería narcisista.
En ese mismo artículo define: “Ahora la soberbia española practica una diversa conducta, no quiere aceptar el socorro de los barbarismos y pone su toda y poca fe en recetas caseras: en idiotismos, en refranes, en locuciones. Para nada quiere salir de su casa ni para bromear. Yo confieso que a la cerrazón y huranía de los puristas de hoy, prefiero las invasiones generosas de los latinizantes”, y renglón seguido recupera los usos de las formas latinas y los arcaísmos por parte de la poesía gongorina para lanzarse contra sus enemigos contemporáneos de la madre patria. Como puede inferirse de la cita, Borges critica a sus “colegas” españoles quienes a diferencia de Góngora hacen un culto de la pureza del castellano que, en definitiva, lo empobrece en lugar de enriquecerlo. En una gran retorsión final dice: “Cervantes italianizó; Gracián y Quevedo teologizaron. En suma, la tradición española no es tradicional, como los tradicionalistas pretenden”.

El enemigo español ha cobrado la forma de un epíteto, tradicionalistas, y su teoría de la lengua se sintetiza en la palabra pureza. Pretensión que carece de toda otra verdad que no sea la de su deseo, puesto que en la realidad de la lengua castellana (o sea Cervantes, Quevedo, Góngora) tal pureza material e históricamente considerada jamás existió.
Aunque no lo diga con estas palabras Borges asume que las peleas “científicas”, “académicas” sobre el lenguaje castellano enmascaran en realidad una política lingüística de imposición, que se apoya en el mito de la pureza y la homogeneidad y prescribe desde él.
En el texto más importante del volumen, el que le da título, Borges dice del “idioma argentino”: “una forzada aproximación de dos voces sin correspondencia objetiva”, repetimos la fórmula: “sin correspondencia objetiva”. Es decir que Borges, con otro pirueta lógica, dicta su conferencia y la convierte en artículo acerca de un tema o problema que en realidad, tal su conclusión anticipada, en realidad no existe. Y en este sentido, aunque se publicará una década y media después, anticipa lo que seguirá desarrollando con matices en su clásico artículo “Las alarmas del doctor Américo Castro”.
Borges indica que, a lo mejor, que algo no exista en la realidad hoy no quiere decir que no pueda existir el día de mañana; afirma: “muchos conceptos fueron en su principio meras casualidades verbales y que después el tiempo las confirmó”, así que entra a la discusión desde otro ángulo. Es entonces cuando sostiene que “dos influencias antagónicas entre sí militan contra un habla argentina”, una es la de aquellos que encuentran tal habla en los sainetes arrabaleros y otra es la de los “casticistas o españolados”.
En la revisión que hace de las dos posturas Borges insiste, con relación a la primera, en que “no hay un dialecto general de nuestras clases pobres, el arrabalero no lo es. El criollo no lo usa…”. No puede tener mayor estatuto aquella porción de usos lingüísticos de vocabulario misérrimo y que no pasa de un muy reducido uso de jerga. Cuando se refiere al lunfardo, Borges da una serie de argumentos de autoridad (menciona lo escasos que son estos usos en Fray Mocho y en Evaristo Carriego) y a continuación agrega: “Sin embargo, ¿a qué alegar ejemplos ilustres? El pueblo de Buenos Aires jamás versificó en esa jerga…”
En cuanto a la segunda perspectiva, aquella que “postula lo perfecto de nuestro idioma y la impía inutilidad de refaccionarlo”, es también la que reclama “la riqueza del español (…) otro nombre eufemístico de su muerte”. Borges enfatiza la “competencia” que estos académicos han abierto entre las lenguas para demostrar cuál es la mejor (hace mención a que suelen usar como parámetro el hecho de que el diccionario francés posee menos voces que el español, pero se guardan bien de establecer la comparación con el inglés o el alemán), ataca estos criterios cuantitativos y dice que, desde un punto de vista más cualitativo, los “legisladores” de la lengua castellana se circunscriben a un pedido, diccionario en mano, de sinonimia, a aconsejarles con voz de doctrina a los rioplatenses que en lugar del término X usen el Y, que es más “preciso” o “pertinente”.
Para Borges, los escritores de “aquí” reproducen desgraciadamente las dos vías que se han mencionado (“dos deliberaciones, la pseudoplebeya y la pseudohispánica, dirigen las escrituras de ahora”), y olvidan la lección de sus mayores. Sarmiento, Mansilla, Echeverría, Wilde “escribieron el dialecto usual de sus días: ni recaer en españoles ni degenerar en malevos fue su apetencia”, es decir que “dijeron bien en argentino: cosa en desuso”. Precisamente porque ha caído en desuso, Borges afirma unas líneas antes: “Equidistante de sus copias el no escrito idioma argentino sigue diciéndonos…”.
La conclusión en relación a la idea de lengua que tiene Borges es clara, y nos devuelve al comienzo: “¿Qué zanja insuperable hay entre el español de los españoles y el de nuestra conversación argentina? Yo les respondo que ninguna, venturosamente para la entendibilidad general de nuestro decir. Un matiz de diferenciación si lo hay…”. Y un poco después: “No hemos variado el sentido intrínseco de las palabras pero sí su connotación”. O sea que: “El problema verbal (que es el literario también) es de tal suerte que ninguna solución general o catolicón puede recetársele”, y cierra: “no otra astucia filológica se precisa”.
Entry Filed under: Libros y recortes. Etiquetas: Borges, ensayo, lengua, Libros y recortes, literatura.
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1. El idioma de los argentinos de Jorge Luis Borges: BlogLibros | Octubre 27, 2008 at 10:23 pm
[...] Cuadernodetrabajo El idioma de los argentinos de Jorge Luis [...]
2.
yoha | Agosto 20, 2009 at 2:01 am
ta bueno el libriito eh!